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Una Trabajadora Social rural; ¿nace o se hace?

Hace 15 años que sonó el teléfono por primera vez.

Yo nunca quise ser Trabajadora Social de pueblos, por lo que al acabar la carrera me puse a buscar trabajo fuera de Castilla-La Mancha. Quería trabajar con menores, vivir fuera de casa y no quería por nada del mundo quedarme a trabajar en Servicios Sociales rurales. Lo tenía tan claro, que en la carrera nunca llegué a cursar la asignatura a la que todo el mundo se refería como «la más bonita», y que se denominaba: «Servicios Sociales en el ámbito rural

Me presenté a las oposiciones por insistencia de mi madre. Esa es la única verdad. Ella insistía en mis posibilidades para aprobar y en la estabilidad que me daría ser funcionaria. Yo quería demostrarle que no era tan sencillo aprobar una oposición. Y mientras pasaba por ese proceso; continuaba presentándome a entrevistas de trabajo en las que por poco tenía que acabar poniendo dinero para acabar trabajando como «auxiliar de Trabajo Social».

Por aquel entonces; compaginaba el temario de la oposición con un trabajo becado en un Punto de Encuentro Familiar, un trabajo a media jornada en un estudio sobre el absentismo escolar, y mi faceta de camarera en un bar de noche los fines de semana.

Tras pasar por la que sería mi primera oposición; sonó el teléfono y me propusieron dos zonas de trabajo. Confieso que tuve que buscarlas en el mapa, algo que no resulta tan raro para quien se inicia en este trabajo en zona rural y despoblada.

En realidad más allá de dos nombres de pueblos, no tuve más información ni sobre el trabajo ni sobre el tiempo a cubrir por la interinidad.

Así que la elección se produjo por un simple consejo de quien había sido una de mis tutoras de prácticas: «conozco el equipo y es muy bueno».

A lo largo de estos años, he conocido todo tipo de motivos por los que las y los compañeros acaban eligiendo su zona de trabajo. La mayoría de ellos relacionados con la distancia, la población y las dificultades sociales de los municipios.

En mi caso; saber que contaría con un equipo de compañeras que me acogerían bien y me acompañarían en los primeros pasos, fué más que suficiente.

Pasados los años me reitero en mi decisión. Si no hubiera sido por ellas, yo no seguiría a día de hoy aquí.

Han sido muchas horas de trabajo, de risas, de confesiones, de lágrimas, de encuentros y de despedidas. Pero cada vez que he querido tirar la toalla; allí han estado ellas para recogerla y recordarme el verdadero motivo por el que sigo aquí.

Mi jefa de por aquel entonces, me dijo el día de la firma de contrato: «en estas elecciones nunca se sabe lo que será mejor». Es algo que repito a quien me pide consejo sobre la plaza a elegir.

De entre mis dos opciones, la que yo elegí era una interinidad de 4 meses. La otra, indefinida.

De ahí las palabras de mi jefa. Pero yo había elegido mi plaza por una cuestión más emocional que práctica.

Para mí, lo importante era probar y aprender. Y bueno, yo no quería ser trabajadora social de pueblos, así que cuatro meses me parecían un buen aprendizaje.

Además, y todo hay que decirlo: en cuatro meses de funcionaria interina iba a ganar lo mismo que en un año de trabajo en mis otros tres empleos juntos. ¿Qué más podía pedir?

El tiempo pasa rápido. Me parece increíble que hayan pasado 15 años desde aquel primer día en que giré la rueda bajo la silla de mi despacho para elevarla y dejar de tener esa sensación de pequeñez frente a ese gran escritorio.

Soy de las «viejas» por aquí. No por edad sino por antigüedad.

Pero me sigo sintiendo «en prácticas». Aquí no se deja de aprender nunca, y cuando cometes el error de pensar que vas sobrada en algo, te pegas la leche del siglo y te das un buen baño de humildad.

Sigo sintiendo el mismo cosquilleo en el estómago al abrir la puerta por las mañanas sin saber qué llegará a mi despacho. Si estaré preparada para afrontarlo, y si tendré la capacidad para ayudar a quien me pida ayuda.

Me sigo enfadando como el primer día frente a las injusticias. Sigo sin tener filtro. Sigo sin saber respirar tres veces antes de abrir la boca, y sigo creyendo que un Sistema Público de Servicios Sociales de calidad, y con la suficiente financiación, es posible.

Reconozco que lo que más me pesa de estos años no son los kilómetros; sino las pérdidas.

Y no sólo la de aquellas personas que me dejaron para siempre; que acompañé en su proyecto vital, metiéndome en sus casas y en sus vidas. (De ello hablé ya en un post anterior llamado: «Las Pérdidas«).

Sino también la de las compañeras y compañeros que se quedaron a mitad de camino. Esas «plazas amortizadas» de las que ya pocos se acuerdan, pero que contribuyeron a la riqueza social de nuestros pueblos y que a día de hoy, continuamos necesitando.

Animadores socio comunitarios, trabajadores sociales de mediación intercultural, trabajadores sociales de apoyo a la dependencia y programas…

Tras quince años; el balance profesional es positivo. Porque trabajar en lo rural te cambia por dentro y por fuera. Te transforma.

Sentarme a escribir estas líneas, me ayuda a ser consciente de mi transformación. De cómo han calado estos quince años en mi vida.

Me ayuda a ver los esfuerzos que hemos realizado, y a asumir los errores que también cometemos.

Como decía alguna compañera; aquí hay que ponerse las botas para el barro, y patear.

Yo no tengo la respuesta a la pregunta de si una Trabajadora Social Rural nace o se hace; pero soy consciente que no vale solo con llegar y estar.

Repasando estas líneas, me doy cuenta de que nunca volví a buscar trabajo fuera de esta región. Son muchas las cosas que aún me quedan por hacer. Hay muchos proyectos que continúan en la mochila, esperando su momento para salir. Pero aún no es el momento.

Y a pesar de ellos; tengo claro que yo me quedo aquí; yo me quedo a continuar llenando la mochila de aprendizajes. A continuar sumando kilómetros de experiencias en una España que la llaman «vaciada» pero que guarda auténticos tesoros.

Yo me quedo a trabajar por la gente que se queda aquí, y por la gente que aún le queda descubrir las verdaderas riquezas y oportunidades de esta tierra.

Me quedo porque yo creo en esto; y porque seguiré creyendo a pesar de los tropiezos y los desencuentros.

Porque no sé si nací para ser Trabajadora Social Rural; pero tengo claro que los años, la experiencia y la ilusión, me han convertido en una de ellas.

Y quizás, después de todo, uno de los objetivos que me han traído hasta aquí, sea lograr que el Trabajo Social Rural no continúe despoblándose.

Lograr que, tanto alumnas y alumnos, como profesionales, vean el Trabajo Social Rural, no solo como una opción de trabajo; sino como una oportunidad real para transformar nuestra sociedad.

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