ayuda a domicilio, dependencia, mayores, servicios sociales, Trabajo Social

Servicio de Ayuda a Domicilio

“Cuando el hombre le abrió la puerta de aquella vieja vivienda, el fuerte olor que se desprendía se dió de bruces contra su cara y, en un acto casi instintivo, dió un paso para atrás.
Pensó entonces en otros tiempos, que ahora se antojaban lejanos, y en aquellas visitas a domicilio en las que no llevaba mascarilla. Recordó por un instante  cómo los olores invadían su pituitaria y se llegaban a alojar en su bulbo olfatorio durante horas, permitiéndole tener su particular registro olfativo de personas atendidas a lo largo de sus años de trabajadora social.

Tras las orientaciones previas que le habían llegado sobre el caso, la situación sanitaria actual en ese municipio y las primeras impresiones en las entrevistas mantenidas en el despacho; en el mismo momento en que se abrió esa puerta se sintió orgullosa de si misma por haber tenido la suficiente anticipación para colocarse una mascarilla ffp2 cubierta por una mascarilla quirúrgica; lo cual, sin duda, aminoró el impacto olfativo.
Y aunque su instinto más primitivo de huida hubiera aflorado ante los fuertes olores que fluían de aquella vivienda; como un resorte, su propio cuerpo reaccionó oponiéndose a ello al tiempo que se esforzaba por dibujar una sonrisa a través de sus ojos acompañando aquel “buenos días, tal y como acordamos, vengo a conocer su casa para tramitarle el Servicio de Ayuda a Domicilio del que estuvimos hablando el último día. Puedo pasar?”.

Tan solo seis semanas después de la puesta en marcha del servicio de ayuda a domicilio, el cambio era realmente sorprendente.
La auxiliar había logrado eliminar el hedor de la vivienda.
Había conseguido desalojar la basura de botellas vacías, cartones y restos de comida  que se acumulaba en la despensa. La antigua cocina de butano, había recuperado su antiguo blanquecino color.
Ya no se te pegaban los pies al caminar por la casa, y los azulejos comenzaban a recuperar el color que algún día debieron tener.
También habían pintado las paredes de la planta inferior; eliminando así los restos en algunas de ellas de lo que me había reconocido eran salpicaduras de vómitos, sumados a los posos negros del humo de la estufa.
Tan sólo quedaba una habitación por desalojar, en la que se amontonaban un montón de ropas sobre un viejo camastro.
La higiene personal había mejorado notablemente, motivo que sin duda influía en aquel arrugado rostro que ahora la miraba devolviéndole la sonrisa de agradecimiento profundo.


En Castilla-La Mancha, según la Ley 14/2010, de 16 de Diciembre, de Servicios Sociales, el Servicio de Ayuda a Domicilio tiene por objeto atender las situaciones de dependencia ya sean laborales, económicas, educativas, sanitarias, personales y sociales, que dificulten que la persona o unidad familiar pueda desenvolverse con autonomía en su domicilio y entorno habitual, favoreciendo las condiciones necesarias que hagan posible la permanencia en su medio habitual de convivencia en condiciones adecuadas.

Para ello se proporcionará en el domicilio tanto atención personal, como a las necesidades de la vivienda, así como orientación para proporcionar estrategias que permitan a la persona y a la unidad familiar adquirir un mayor nivel de autonomía completando siempre la labor de la unidad familiar.

Después de tantos años de trabajo, puedo decir que el Servicio de Ayuda a Domicilio transforma realidades.

No todos los casos sobre los que se interviene son tan complicados como el relato con el que abro esta entrada.

En ocasiones el poder intervenir de forma preventiva, previene mayores deterioros y situaciones de higiene y limpieza tan desbordadas; e incluso situaciones de desprotección de menores.

Pero quién haya trabajado en Servicios Sociales de Atención Primaria, ha tenido que intervenir en al menos un caso como el que expongo arriba.

“Servicios de alto impacto” los bauticé yo.

Cuando ves trabajar a una Auxiliar de Ayuda a Domicilio en uno de estos servicios, es cuando realmente valoras el papel que juegan estas grandes profesionales en el ámbito social. Una labor a veces silenciosa, no siempre (por no decir nunca) reconocida, mal pagada, con condiciones (en ocasiones) precarias de trabajo, y un fuerte impacto a nivel emocional y físico.

A menudo me pregunto cuántas de nosotras y nosotros, valdríamos para ponernos los guantes y untar de crema de arriba a abajo a un señor de casi cien años, en puro pellejo, totalmente encamado; con absoluta paciencia, dedicación y empatía.

Cuántas y cuántos aguantaríamos toda la jornada laboral corriendo de una casa a otra, sin apenas tener tiempo de respirar: “sube escaleras, limpia el suelo, ahora dale a los azulejos que parece que salpicó ayer mientras meaba, baja la basura, baña a dos personas en situación de dependencia, vísteme, recoge el baño y pon la lavadora, baja escaleras, corriendo que llegas tarde a la farmacia a recoger medicinas, mejor me pasó ya por la carnicería, otro servicio con aseo personal, limpia el polvo, plancha, sube escaleras, que te vas cinco minutos antes, corre hacia la otra punta del pueblo al siguiente usuario, si ayer llegaste cinco minutos después, limpia el baño, haz la cama, prepara la comida, avisa al médico, hoy toca coordinación con la trabajadora social, revisa la medicación, paseo y acompañamiento, corre que llegas tarde otra vez, recuérdale que mañana tiene médico, cambia sábanas, limpia baño, haz la cama…”

Y aún me dejo otras 50 tareas más que pueden llegar a hacer en 8 horas laborables. Siempre corriendo, siempre dándolo todo.

Si alguien se merece un verdadero reconocimiento por su labor, su esfuerzo diario, su gran empatía y su capacidad de trabajo y adaptación; son las Auxiliares del Servicio de Ayuda a Domicilio.

En estos 15 años de experiencia como Trabajadora Social en Servicios Sociales de Atención Primaria en el entorno rural de Castilla-La Mancha; si he de sentirme afortunada por algo, es por haber tenido la oportunidad de trabajar al lado de grandes profesionales en la atención domiciliaria.

He de decir que yo a algunas les convalidaría unas cuantas carreras universitarias. A veces siento que bien podrían ser médicas, enfermeras, trabajadoras sociales, psicólogas, mediadoras familiares, o incluso atletas profesionales. Dudo mucho que sean conscientes de la cantidad de capacidades y aptitudes que tienen.

Así que desde mi punto de vista; las auxiliares del servicio de ayuda a domicilio se encuentran infravaloradas a nivel laboral y social y, por supuesto, perciben un salario muy por debajo del valor añadido que ofrecen con su trabajo.

Hay auxiliares que cuando las ves en plena faena, sientes que estás viendo una obra de arte.

Durante el confinamiento, fueron unas auténticas heroínas: “si sólo me ven a mí”, me decían.

Recuerdo las mañana más duras, cuando les mandaba un mensaje a todas ellas de buenos días y les recordaba que ellas eran el único nexo de unión entre el mundo exterior y las personas que estábamos atendiendo. “Os toca tranquilizarles y darles esperanzas”, les decía.

Recordamos al personal sanitario combatiendo el virus enfundados en bolsas de basura; pero las auxiliares tampoco tenían material los primeros días. Y aún así, siguieron atendiendo con la misma dedicación.

Si ya las admiraba antes; tras el Covid se ganaron mi devoción. Y realmente me entristece cuando hay familias que no ven todo lo que el servicio de ayuda a domicilio y la profesional del mismo, hacen y aportan a su familiar.

Son las que consiguen que las personas continúen viviendo en su entorno a pesar de la pérdida de autonomía. Las que les ofrecen una verdadera calidad de vida en la última etapa de su proyecto vital. Incluso son las que cogen sus manos en el último adiós.

De lo que más disfruto a día de hoy es de las supervisiones de apoyo que realizo con ellas.

Hace años que desde el equipo se decidió mantener reuniones de coordinación en las que se ofreciera una supervisión de apoyo con la auxiliar enfocada más a trabajar el impacto emocional, las dificultades que encontraban en el servicio, el refuerzo de sus potencialidades y la descarga emocional.

En el trabajo diario fluye de forma espontánea y en ocasiones no estructurada.

Se trata de facilitar un espacio en el que la profesional pueda expresar los sentimientos que le provocan las dificultades que encuentra en el servicio. Descargar y analizar sus emociones. Reflexionar sobre su propia intervención. Trabajar el duelo tras el fallecimiento de las personas atendidas.

Con el Covid se intensificaron este tipo de espacios. También he de decir que los he adaptado. Evito que sean en el despacho. Nunca en las viviendas. Siempre en un entorno de confidencialidad y comodidad.

Tener un espacio con ellas tras el fallecimiento de una o uno de los usuarios es básico. Nos ayuda a despedirnos de la persona en calma. Valorando todo lo positivo que se ha trabajado en el caso y analizando de cara a nuevas situaciones.

Se trata de aprender juntas, aunque reconozco que siempre me enseñan más ellas a mí.

Hay muchas cosas que aún se deben mejorar en el Servicio de Ayuda a Domicilio regional, pero mi interés aquí es visibilizar el gran trabajo que realizan sus profesionales.

Reclamar una regulación donde se adapten las características del servicio al territorio. Se equiparen condiciones laborales y se mejore la financiación para facilitar la cobertura de profesionales en aquellos municipios aislados y con poca población en los que las auxiliares tienen que venir desde otros pueblos cercanos; así como asegurando las sustituciones en períodos vacacionales.

Una mayor financiación pública aseguraría un Servicio de Calidad, que dé respuesta inmediata a las situaciones sociales que precisan dicha intervención, favoreciendo la permanencia en el entorno, fijando población y generando empleo estable en zonas despobladas.

He de decir que en Castilla-La Mancha y concretamente en la zona rural; la gran labor realizada por sus profesionales y la labor de difusión y universalización alcanzada gracias también al trabajo de los equipos de servicios sociales, ha conseguido que la población valore este como un servicio básico e imprescindible.

Si bien, aún queda mucho trabajo por hacer para conseguir que el servicio continúe siendo público, ágil, adecuado y accesible a todos los municipios y personas de la región.

Es responsabilidad tanto de las administraciones públicas como de las y los profesionales del trabajo social, continuar trabajando por ofrecer un servicio de calidad y universal desde el que poder revertir situaciones complejas a nivel social en el domicilio de la propia persona asegurando  su permanencia en el entorno y previniendo la institucionalización en centros residenciales de personas que, gracias a este tipo de servicios de proximidad, pueden continuar residiendo en su propio domicilio.

Trabajo Social

Viviendas de Mayores, una alternativa residencial contra la soledad no deseada y la permanencia en el entorno.

Vivienda de Mayores de Valdeolivas (Cuenca)

Un poco de historia

Con la descentralización de los Servicios Sociales en nuestro país y la recién estrenada Ley 13/86 de Servicios Sociales de Castilla-La Mancha; el Gobierno regional apostó por un modelo de recurso residencial para mayores alternativo a las residencias.

Las Viviendas de Mayores (las cuales en un inicio se mal denominaron “Viviendas Tuteladas”) nacieron con el ánimo de ofrecer un alojamiento alternativo de convivencia en el propio entorno, para aquellas personas mayores de 60 años que; sin tener necesidad de apoyo extenso y con capacidad de autocuidado, precisaran de un alojamiento alternativo debido a las condiciones inadecuadas de su propia vivienda y/o la existencia de barreras en las mismas, así como la necesidad de acompañamiento a través de la convivencia con personas en situación similar a la suya.

La idea de contar con una casa en el pueblo donde poder alojar a aquellas personas que comenzaban a tener dificultades para vivir solas pero que no se encontraban aún en situación de dependencia, así como aquellas otras que simplemente no querían continuar viviendo en soledad, evitando así el desarraigo que se produce ante el traslado a centros residenciales o alternativas familiares fuera del entorno; atrajo a centenares de alcaldes de toda la región.

Y las viviendas comenzaron a salir como las setas…

En los 90, se convirtió en la promesa electoral estrella; especialmente en aquellos entornos despoblados y envejecidos con pocas posibilidades de retorno.

La prueba de ello es que en la actualidad, se encuentran en funcionamiento en nuestra región un total de 154 viviendas, distribuyéndose: 61 Viviendas en Cuenca, 35 en Ciudad Real, 34 en Guadalajara, 15 en Toledo y 9 en Albacete. Se desconoce cuántas otras se encuentran fuera de funcionamiento.

Resulta llamativo el alto porcentaje comparativo en la provincia de Cuenca; un posible reflejo de la despoblación y envejecimiento de la provincia.

A lo largo de los años he asistido a diferentes debates en los que se planteaba la misma duda: había existido realmente una distribución estratégica respecto a la ubicación de este recurso favoreciendo un acceso equitativo al mismo desde los diferentes municipios de la región? o se había tratado solo de una carrera en la que “el que primero que lo pida se lo queda”? .

Realmente se había estudiado la situación demográfica del entorno para valorar la ubicación? Se favorecía su creación en aquellos municipios donde existiera un mayor porcentaje de personas que superasen los 60 años de edad, o se apostaba por ubicarlos en municipios con mayor sangría poblacional intentando así frenarla y favorecer el retorno?.

Independientemente de esto, valoro la apuesta por este recurso, el cual ha dado la oportunidad a cientos de personas durante todos estos años de permanecer en su propio pueblo o en el vecino, mucho más tiempo del que hubiera podido ser de no haber existido.

Aquellos que se vieron forzados por el éxodo rural y que durante años ni siquiera tuvieron una casa a la que regresar, han podido vivir hasta sus últimos días en el entorno que les vió nacer. Hemos prevenido e intervenido sobre cientos de situaciones de soledad no deseada, y retrasado la situación de dependencia sobrevenida de tantos otros.

Alternativa de convivencia para mayores

Las Viviendas de Mayores consisten en pequeñas casas comunitarias en la que conviven hasta 20 personas, en habitaciones individuales y dobles, siendo más común aquellas viviendas de 10 residentes.

Vivienda de Mayores de Valdeolivas (Cuenca)

Compartiendo espacios comúnes como son el Salón, el comedor, los patios y los jardines; se busca que las y los residentes convivan en un ambiente familiar y cercano.

La filosofía con la que nacieron y que a día de hoy se mantiene, es que las Viviendas sean un recurso abierto e integrado en la comunidad. Para ello se favorece la participación de las y los residentes en las actividades y recursos del mismo municipio, limitando la realización de actividades propias dentro de la propia vivienda.

Se trata de Viviendas adaptadas y accesibles, atendidas por auxiliares acreditadas que cubren la atención respecto a la alimentación, lavandería, limpieza y apoyo puntual en el aseo; pero que acompañan y supervisan según las necesidades a cada residente durante todo el día.

A diferencia del resto de centros residenciales, en las Viviendas de Mayores el personal de apoyo no permanece en el recurso. Ante situaciones de emergencia, contaran con la atención del Servicio Público de Teleasistencia que a su vez contactará con las trabajadoras de la Vivienda.

Que la Vivienda sea un “recurso abierto”, significa que es como vivir en tu propia casa. Existen unos horarios orientados favorecer la convivencia, pero el resto del tiempo, el residente actuará como lo haría si siguiera en su propia casa. Podrá salir a comprar, a estar con sus vecinos, al médico, a hacer gestiones, a visitar a familiares, realizar actividades, etc.

Algunas viviendas cuentan incluso con huertos cultivados por los propios residentes.

Las Viviendas se encuentran apoyadas por un equipo externo psicosocial que interviene ante situaciones de conflicto tanto con residentes como en el equipo de auxiliares.

Y a su vez, se encuentran apoyadas desde Servicios Sociales de Atención Primaria, siendo el/la Trabajador/a Social quien apoya técnicamente tanto a la entidad municipal, como a auxiliares y residentes.

Aún tratándose de un recurso especializado de mayores, se presta un apoyo extenso desde Servicios Sociales de Atención Primaria para favorecer la integración comunitaria del recurso y sus residentes; orientando y acompañando a los mismos desde el inicio de la solicitud hasta la salida final del recurso; coordinando los diferentes recursos del municipio para favorecer una atención integral, prestando un apoyo a las auxiliares ante conflictos dentro de la Vivienda; apoyando a nivel social y familiar a las y los residentes contribuyendo a su permanencia en el entorno, la cobertura de sus necesidades sociales, la prevención de situaciones de dependencia e intervención sobre las mismas, el mantenimiento de las redes informales de apoyo y en el cumplimiento de los proyectos vitales de los residentes.

Una nueva oportunidad para las Viviendas de Mayores

En los últimos años, las Viviendas se encuentran de capa caída.

“Las personas quieren estar en su casa mientras están bien, y cuando ya tienen necesidades de apoyo no pueden acceder a la Vivienda”.

Pero la pandemia ha venido a demostrar el valor de este recurso para personas mayores.

El impacto de la pandemia en ellas ha sido mínimo. En general, las Viviendas se han encontrado aisladas del virus, sus residentes han podido continuar conviviendo y al disponer en su mayoría de espacios abiertos, han reducido los sentimientos de confinamiento; estando en todo momento acompañados.

Se han llevado a cabo actividades, y dentro de las posibilidades, no se han modificados las costumbres y rutinas de las y los residentes.

A lo largo de los últimos meses, me he encontrado con muchas personas que habían permanecido solas en su vivienda. Con mucho miedo e incertidumbre. Sin poder ver a sus familiares. Aislados. Nadie con quien hablar. Viendo pasar los días y con miedo a salir a comprar sin poder evitarlo.

No existen estos sentimientos ni recuerdos entre las y los residentes de las Viviendas de Mayores. Ellos han permanecido en un recurso seguro y a pesar del miedo y el confinamiento, han estado acompañados en todo momento.

Y una prueba de ello, es el fuerte impacto en cuanto a deterioro cognitivo que estamos detectando entre las personas mayores que han continuado residiendo solas en sus viviendas particulares durante los meses de confinamiento, algo que no sucede entre las y los residentes de Viviendas de Mayores.

Por ello, es el momento de realizar una revisión técnica de este recurso social.

Son años demostrando que se trata de un buen recurso en el que prestar una atención integral centrada en la persona, favoreciendo la permanencia en el entorno de las personas mayores, a la vez que se combate la despoblación; con una inversión nuy por debajo de lo que suponen los grandes centros residenciales o las políticas de incentivos contra la despoblación.

Cada Vivienda de Mayores genera mínimo tres empleos directos, pero a su vez genera movimiento económico en la zona favoreciendo por tanto la creación de tantos otros empleos indirectos (como tiendas de alimentación, de suministros básicos, hostelería y empleos dirigidos a la atención personal como peluquerías y podólogos).

Si bien, es preciso revisar el modelo actual de financiación buscando nuevas alternativas que faciliten la viabilidad del recurso, independientemente de la ocupación .

Es necesario dar a conocer de forma extensa este recurso alternativo de convivencia que tan bien funciona contra la soledad no deseada; mejorar la formación de las auxiliares y ampliar el apoyo de personal especializado.

En los pueblos ya tenemos un recurso de atención integral centrado en la persona, integrado en el entorno comunitario donde se trabaja contra la soledad no deseada y la pérdida de autonomía personal. Un recurso que genera empleo en la zona rural, mayoritariamente femenino. Un recurso que evita el desarraigo y la despoblación.

Si quieres saber más sobre cómo acceder a las Viviendas de Mayores y dónde se ubican puedes encontrar más información pinchando este enlace.

servicios sociales, Trabajo Social

Las pérdidas

Se acaba una semana que ha estado marcada por las despedidas…

Pexels

Oir repicar las campanas de la Iglesia genera el acto reflejo de girar la cabeza (como si fueras a escucharlo mejor) para adivinar si se trata del repicar de las doce o están “tocando a muerto”.

En el último año, el repique de muerto venía acompañado de un revolvimiento de cuerpo y una preocupación añadida a trasladar hacia el paisano que pasara por allí: “pero ha sido cóvid? “

Trabajando en la zona rural donde en gran parte de los pueblos la media de edad supera los 80 años, cabría esperar que una viviera las despedidas con naturalidad como parte del proceso vital.

Yo no sé si es el agua de la Sierra, pero aquí he llegado a conocer a varios centenarios llegando incluso hasta los 109 años en pleno uso de sus facultades.

Pero siempre las pérdidas son pérdidas. Una no se acostumbra.

Cuento siempre que para mí la dureza de este trabajo a veces consiste en no poder sufrirla como corresponde. En ocasiones simplemente te suena el teléfono y alguien, incluso lejano a la persona, te lo comunica. Y tú, mecánicamente te pones a hacer el papeleo y a dar de baja los servicios que tuviera en marcha.

Pero tarde o temprano llega el momento en el que te montas en el coche y te quedas sola. Quince años después, nada ha cambiado.

Es cuando me monto en el coche cuando me vengo abajo. Y lloro. Lloro por aquellas personas que se cruzaron en mi camino. Que compartieron su proyecto vital llegando a ponerlo en mis manos. Compartieron preocupaciones, recuerdos, alegrías, experiencias. Fotos y recuerdos que llenan mi cabeza. Charlas no sólo de despacho. Rincones de una salita de estar que son parte ya de mi vida también.

Personas que me abrieron las puertas de su casa, que me enseñaron sus propios conocimientos y de las que aprendí sobre la vida. Historia de España viva que me ha enseñado mucho de otros tiempos que yo no viví. Migrantes que me trasladaron su experiencia vital lejos de su país.

Lo que no saben muchos familiares es la pena que siento de no haber estado allí. De no haber podido llorarles cerca de su tumba, invisible a todo el mundo, pero dándoles el último adiós.

Por eso, los 45 minutos de coche que me separan de mi casa; los lloro.

Es mi último homenaje. Mi último agradecimiento por tan buenos, y también algunos malos momentos compartidos. Por el aprendizaje vital que cada una de las personas que he atendido y despedido me ha dado.

Me parece básico no olvidar los vínculos que generamos con las personas a las que atendemos. No siempre son tan fuertes y que sea tan fuertes no siempre significa que son las personas a las que más hemos ayudado. Siempre pienso que son ellos los que me han ayudado a mí. A ser mejor, a hacer mejor.

Esta semana ha sido una semana de pérdidas. Por eso me he decidido a hablar de ello en alto, porque sé que necesito sacarlo y rendir de algún modo un homenaje a las personas que se marcharon en los últimos años.

De las pérdidas más dolorosas; están aquellas en las que te preguntas si pudiste hacer algo más. Se te parte el alma de dar vueltas a la cabeza preguntándote por qué no hiciste algo más.

La soledad es la gran pandemia de nuestra época, sin duda. En los próximos años tendremos que desarrollar todo nuestro potencial profesional para luchar contra ella.

Quien piense que en los pueblos no hay soledad se equivoca. Y mucho.

Las redes informarles de apoyo no siempre son más fuertes en los pueblos.

Hay personas que vienen de grandes ciudades y piensan que aquí, la gente ayuda a todo el mundo, que integrarse es sencillo y que no te vas a sentir en soledad…

Nada más lejos de la realidad…

Aquí también se vive y se muere en soledad.

Cuando doy de alta un servicio de ayuda a domicilio insisto en la importancia del acompañamiento. Siempre uso la misma frase: “Nadie se muere por una pelusa en el suelo, pero sí se muere de soledad”.

Quizás porque esta semana murió una de esas personas, me haya llegado el momento de hablar en alto de ello. Murió de soledad, aunque acompañado por fin.

Sé que pude hacer más contra su soledad y eso es lo que más me duele. Pero a la vez, es lo que más me empuja a seguir trabajando contra esta dichosa pandemia del siglo XXI.

Por suerte ya hay muchas profesionales que cada día trabajan por reducir la soledad en nuestro entorno.

Teresa Lamagrande, es una muestra de ello. Más de veinte años dedicada a acompañar y ayudar a las personas mayores de nuestra región que residen en las Viviendas de Mayores.

Siempre con una sonrisa y una carga de sentido común ante los conflictos y las dificultades cotidianas. “Cuando todo esto pase, también tendreis que hacernos terapia psicológica a las trabajadoras sociales” le dije en una de nuestras últimas conversaciones.

Teresa nos dejó esta semana…

Ha sido un golpe duro para todas aquellas que tuvimos la suerte de conocerla y trabajar a su lado.

Cada intervención conjunta era un aprendizaje. Una mujer fuerte que se recorría de punta a punta la región atendiendo cada necesidad que surgía en las viviendas de mayores; combatiendo la soledad y favoreciendo la integración y la comunicación entre residentes y trabajadoras. Y a pesar de que no paraba un minuto quieta, siempre tenía el hueco para dar una respuesta a quien le llamara.

Nos deja muy pronto. Pero seguro que su equipo continuará la gran labor que ella inició.

Dudo que algún día me acostumbre a las pérdidas, a las despedidas. Pero me quedo con el aprendizaje.

Como nos recordaba Benigni en su gran obra maestra:

“La vida a veces duele, a veces cansa, a veces hiere. No es perfecta, no es coherente, no es eterna; pero a pesar de todo… la vida es bella”.

Trabajo Social

LA VACUNA PA`CUANDO?

Freepik

Para los integrantes del gremio, bien es conocido que el 26 de Marzo de 2020 Servicios Sociales eran reconocidos servicios esenciales dentro del Estado de Alarma declarado tan solo unos días antes.

Profesionales y entidades representativas del Trabajo Social nos sentimos bien orgullosos de que por fin se nos valorase “esenciales”; aunque también surgieron los debates entre las propias profesionales sobre si se necesitaba dicha titulitis ministerial o debía ser un título reconocido por la propia ciudadanía y ganado con sudor y lágrimas.

Independientemente al debate; el reconocimiento supuso que allí estuviéramos las y los profesionales de Servicios Sociales en primera línea de fuego. Si bien, es cierto que no habíamos dejado de estarlo. Algunos entraron más en la batalla y otros quedaron en la retaguardia. Pero lo que nadie puede poner en duda, es que aquí se hizo todo lo posible por ayudar y acompañar a todas las personas que de la noche a la mañana pasaron a ser totalmente vulnerables o se aproximaron al borde del abismo.

Compañeras y compañeros que atendieron (y atendimos) todo tipo de situaciones. Que llegaron incluso a multiplicar panes y peces. Y que, en muchos casos, se encontraron desarmadas ante el abismo.

Aquí hubo miedo, falta de instrucciones, sobreinformación, soledad, pánico, risas, llantos, desesperación, lejía, carreras de una lado a otro, solidaridad y mucho, mucho compañerismo.

Hablo en primera persona. Pero también en segunda y tercera. Sin excepción; intentamos dar lo mejor de nosotras mismas. En ocasiones teletrabajando sin horario de salida, con los niños alrededor demandando su propia atención, con mucho estrés, ansiedad y preocupación; y gestionando nuestras propias crisis junto a las de cientos de familias con las que contactabamos y veíamos a diario.

No voy a remitirme a los artículos en los que ya se ha hablado de la sobrecarga emocional y laboral entre trabajadoras sociales y profesionales del Sistema de Servicios Sociales.

Tan solo trasladar al papel, el resonar pegadizo de una cancioncilla que lleva en mi cabeza varios días: “la vacuna pa`cuando?!”.

Porque en las últimas semanas no dejo de escuchar estrategias de vacunación, sectores profesionales esenciales que se incluyen en las estrategias, discusiones sobre quién es de primera o segunda línea; veo fotos en redes sociales con pulgar para arriba y vacuna en brazo… y los Servicios Sociales (esenciales) en Castilla-La Mancha aquí seguimos; sin fecha probable de vacunación.

Seguimos protegiéndonos (para proteger) y metiéndonos en domicilios. Los centros sociales abiertos, atendiendo todo tipo de situaciones, intentando resolver cuestiones que ya nadie sabe resolver, gestionando incluso la ansiedad de auxiliares de ayuda a domicilio que ni saben cuándo van a ser vacunadas… Como para preguntar por nuestras propias vacunas…

En Diciembre de 2020 en Castilla-La Mancha se entregaban los Premios a la Iniciativa Social en la región. Servicios Sociales y Auxiliares del Servicio de Ayuda a Domicilio eramos reconocidas en dichos premios.

Un acto muy bonito. Un reconocimiento merecido.

Han pasado los meses y nadie habla de nosotras. Nadie se acuerda de que seguimos aquí, atendiendo a los excluidos de los excluidos. A las personas más vulnerables. Que seguimos siendo esenciales.

Que sin esas auxiliares de ayuda a domicilio que todos los días se meten en los domicilios de las personas en situación de dependencia; muchas de ellas y ellos no continuarían residiendo en sus domicilios. Que si estas profesionales no hubieran continuado trabajando desde el primer día en primera línea; no podemos ni imaginarnos qué hubiera sido de estas personas.

Pero aquí sigo hoy, al pie del cañón junto a mis compañeras de servicios sociales y las auxiliares de ayuda a domicilio que trabajan en mis pueblos…

Y cuando alguna de ellas me pregunta sobre el tema, solo me sale una respuesta sonora y pegadiza: “la vacuna pa’cuando?”

covid19, servicios sociales, Trabajo Social

Y los pueblos están abarrotaos de veraneantes

Lo de la España vaciada en tiempos de coronavirus resulta más que curioso.

Territorios en los que apenas el virus hizo acto de presencia en su primera ola (difícil se lo pusimos cuando teníamos pueblos en los que apenas nos quedaban cuatro abuelos); se ven ahora abarrotaos de veraneantes que llegan de todas partes de España buscando un entorno tranquilo y rural donde al menos poder mojarse los pies en un río.

La difícil situación económica, el miedo a confinamientos en hoteles, las propias restricciones en playas y la incertidumbre ante la situación de las mismas, ha ocasionado que un gran número de familias se lancen a las vacaciones de interior.

Si es normal por aquí ver cómo en el mes de Agosto los pueblos se repueblan llegando incluso a doblar la población habitual; este año la Covid 19 nos ha traído cientos de visitantes que pensaron que aquí podrían veranear con tranquilidad e incluso uir de algunas de las restricciones que les perseguían en las grandes ciudades.

Mientras que ediles y paisanos mostraban su desconfianza y temor porque los recién llegados trajeran algo más que maletas; con esperanza veían llegar coches los hosteleros y comerciantes de nuestros municipios. Quizás pudieran revertir la tendencia de los últimos años en los que se había vuelto a perder la costumbre de hacer turisteo en el pueblo, o incluso la de mandar a los chiquillos de vacaciones con los abuelos.

Semanas después, no sabría decir si el balance es tan positivo.

Si no fuera porque no tiene maldita gracia el tema; podría resultar hasta cómica la noticia aparecida en los últimos días entre los medios nacionales y regionales.

“El pueblo de España en el que hay más casos de Covid19 que habitantes”.

Y así de triste es la noticia y la realidad de nuestros pueblos.

Quizás quienes pensaron en venir no tuvieron en cuenta que aquí hay municipios que estamos a punto de cerrar por escasez de paisanos. Un brote y echamos el candado.

Y mira que yo soy la tipica que se pasa el mes de julio preguntando: “qué? Cómo vamos? Mucho movimiento? “.

Porque la vida en el pueblo en verano es más vida. Mis abuelitos reviven. Por unos meses se olvidan de todos sus males y de su soledad. Se centran en llenar la casa de comidas para sus hijos y nietas, y más de una parece que rejuveneciera.

Necesitamos que se mueva el comercio y la hostelería. Aquí los inviernos son muy duros.

Y por todo ello, merece la pena sufrir a los veraneantes. Sus interminables demandas. Sus tiempos. Sus preocupaciones… Son sus vacaciones y la trabajadora social y la secretaria del Ayuntamiento les tienen que resolver las cuestiones de las que no tienen tiempo de ocuparse el resto del año.

Sufrimos a los veraneantes andantes por carreteras y caminos.

“Chica!, por qué vas a 80 por una carretera de 90?. Acaso no ves que está medio Madrid de paseo mañanero. “

“No me fastidies; que han venido al pueblo a descansar y hacer ejercicio. Y tú como una loca por la carretera pitando para que se mantengan en el arcén.”

Pero todo eso… Merece la pena soportarlo porque el pueblo reviva. Las abuelas aguanten un poco más en casa y los chiquillos puedan disfrutar de una infancia como sólo se vive en el pueblo.

Pero este año es diferente. A pesar de la necesidad económica y las dificultades sociales que están surgiendo; preferiría que se hubieran ido a la playa.

No tiene mucho sentido. Playas vacías y pueblos hasta la bandera. Los Ayuntamientos han actuado con responsabilidad anulando sus fiestas patronales y cerrando las piscinas municipales, por miedo a los brotes. En los servicios municipales hemos continuado trabajando con toda precaución tal y como se ha de hacer si te encuentras en medio de una pandemia.

Pero es salir de la puerta del centro y pensar que algo no cuadra. Bares, terrazas, calles, tiendas, ríos, los bancos de la plaza… Todo está lleno. Los veraneantes colapsan el pueblo hayá donde vayas.

Diré que en algunos municipios se ven los coches pero no se les ve fuera de casa. En otros simplemente da miedo. Mucha gente siguiendo las medidas de precaución, pero muchos otros pasando olímpicamente de todo. A veces tengo la impresión que hay quien piensa que aquí seguimos poniéndonos la boina a rosca, porque actúan como si en el pueblo no hubiera normas. Y ahora deben de creer también que tenemos un escudo transparente contra las pandemias… Dan ganas de cerrar el chiringuito e irte a la playa. No debe quedar nadie por allí.

Así que acabamos agosto con brotes en nuestros pueblos. Insisto que la diferencia es que hablamos de pueblos que en ocasiones no superan los 50 habitantes.

Acabamos Agosto con pueblos confinados. Con la sombra de un Septiembre en el que puedan volver a sonar las campanas de la iglesia una, dos, tres veces… Quién habrá muerto ahora?

Porque aquí sí ponemos nombre a cada caso, a cada muerte. Aquí seguimos en mitad de una pandemia, aunque para algunos este haya sido un verano más.