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2020

Lo mejor de 2020: los peques y su comportamiento ejemplar

Son muchas vueltas las que he dado para decidir el título de esta última entrada del año, y al final, creo que ha sido un año tan relevante que no puede más que titularse como tal.

A puertas del tan ansiado 2021, es hora de hacer balance del que sin duda será un año que dificilmente olvidaremos; para bien y para mal.

Recuerdo el final de 1999. Todas las noticias nos hablaban del temido “efecto 2000”. Todos hablabamos de ello, y reconozco que sentí una pequeña decepción cuando no fue, sino otro cambio de año más.

No me malinterpreten, quería decir en cuanto a ciberataques y a fin del mundo se refiere.

La llegada de los 2000 no trajo el gran apagón, sino todo lo contrario, se daba inicio a la era de las nuevas tecnologías y la eclosión de las redes sociales como nueva forma de comunicarnos y relacionarnos. Si bien, echando la vista atrás a estos veinte años, parece que no ha sido hasta los últimos meses cuando de forma definitiva hemos implantado en nuestro adn las nuevas formas de comunicación y trabajo.

Pensar en Enero de 2020 es como recordar un tiempo pasado que guardas en tu memoria pero que sientes que pertenece a otra vida.

La mente es muy traicionera, y está preparada para recordarnos los momentos negativos por encima de los positivos. Piensen en ello cuando hagan su propio resumen del 2020. No ha sido un año tan terriblemente horrible; es su cerebro que le traiciona… (Es ironía)

Mi esfuerzo por recordar el mes de Enero, me lleva a una rotonda.

Camino del trabajo. Tomando una rotonda, fue la primera vez que escuché hablar de Wuhan. En la radio hablaban del cierre de un mercado, un virus nuevo y el cierre de una ciudad en China. China? No parecía una noticia más. No recordaba algo similar…

En Castilla-La Mancha, los profesionales de Servicios sociales habíamos acabado 2019 denunciando la escasez de ayudas económicas para paliar las situaciones de mayor vulnerabilidad social en la región a la que nos veníamos enfrentando desde Septiembre de ese año.

La falta de presupuesto para las Ayudas de Emergencia Social e Ingreso Mínimo de Solidaridad en la región, comenzaba a generar una crisis social entre los más vulnerables; algo que evidenciaría a principios de Febrero Pilhip Alston, el Relator Especial de la ONU sobre la pobreza extrema y los derechos humanos; el cual llegó a señalar: “España le está fallando por completo a buena parte de su sociedad, aquella que vive en la pobreza, cuya situación ahora se encuentra entre las peores de la Unión Europea.” 

Pero entonces las noticias se centraban en el nuevo Gobierno, en los abrazos entre Presidente y Vicepresidente y en el cambio social que podría producirse.

En la profesión, se levantó la voz cuando este nuevo Gobierno progresista eliminó la Secretaría de Estado de Servicios Sociales y nos preguntábamos por qué si existía un compromiso firmado por PSOE y Unidas Podemos por la Defensa del Sistema Público de Servicios Sociales como IV Pilar del Estado de Bienestar, se invisibilizaba y ni se nombraba como tal en este nuevo Gobierno. (Tal y como lo reflejaba el Consejo General del Trabajo Social).

Febrero avanzaba entre noticias a nivel internacional del avance del nuevo virus y los debates y noticias en España sobre la inconsistente preocupación por lo que parecía una “nueva gripe”.

Febrero es el mes de mi cumpleaños, y este año decidía celebrarlo con mi abuela, ya que a sus 95 años era consciente de que no tendría muchas más oportunidades de compartirlo con ella.

Puedo asegurar que fué una de mis mejores decisiones del 2020. Aquel día pude abrazarla por última vez con plena consciencia y libertad.

Iniciabamos el mes de Febrero con el informe del Relator de la ONU que desencadenaba nuevos comunicados desde la Plataforma de Profesionales de Servicios Sociales y del Colegio de Trabajo Social de Castilla-La Mancha denunciando de nuevo la situación de vulnerabilidad de la ciudadanía castellano-manchega ante la escasez de recursos de protección social no solo en ayudas economicas sino en recursos sociales de atención a la ciudadanía más vulnerable.

La gran Ola

Y mientras estábamos inmersos en la organización del Día de La Mujer y la celebración anual del Día Mundial del Trabajo Social; el nuevo virus llegaba a nuestro país.

Una servidora iniciaba el mes entre búsqueda de mascarillas a escodindas de familiares compañeros y amigos que seguían insistiendo en el sinsentido de la paranoia.

Mientras mirábamos de reojo a Italia; en España continuabamos negando la gravedad de los hechos. Y la primera ola nos arrasó…

El 3 de Marzo se notificaba oficialmente el primer muerto por coronavirus en nuestro país, aunque el fallecimiento se había producido el 27 de Febrero. El 12 de Marzo se notificaría la primera fallecida en Castilla-La Mancha.

La mañana del 13 de Marzo yo no podía parar de llorar. De repente me ví en mi despacho hablando con todas las auxiliares de ayuda a domicilio, alcaldes y secretarios, intentando dar respuesta a preguntas que nunca creímos que nos formularíamos.

La tarde del 14 de Marzo la vida se paró. Sería la primera de muchas comparecencias del Presidente del Gobierno, anunciando el inicio del Estado de Alarma y la situación de confinamiento para toda la población.

Siempre he reconocido que, aunque estuve trabajando sin parar desde el 13 de Marzo, esos tres primeros días me encontraba en situación de shock. No paraba de llorar a escondidas, y no podia evitar pensar que la vida nos había cambiado para siempre.

Tardé tres días en reaccionar.

Sobre esos meses y la pandemia muchas cosas se pueden contar, algunas ya las hemos contado. Otras historias las guardaremos para siempre.

Semanas muy duras, con falta de material para las auxiliares de ayuda a domicilio; a las cuales no tendré vida para agradecer el gran trabajo que hicieron toda la pandemia, pero especialmente esas primeras semanas.

Alcaldes y ciudadanos volcados en la desinfección de sus pueblos. Toda la población volcada en la solidaridad con los más vulnerables.

En Servicios Sociales nos centramos en atender primeras necesidades. Como ya he dicho anteriormente, las ayudas de emergencia social para cubrir necesidades básicas no tenían presupuesto, por lo que nos vimos abocadas a tirar del tercer sector para cubrir la alimentación de cientos de familias que se quedaron de la noche a la mañana sin nada.

Un protocolo tras otro, decretos, medidas y petición de documentos de información, se mezclaban con las peticiones de ayuda de cientos de familias y las llamadas a personas mayores y dependientes que habían quedado aisladas y que estaban totalmente aterrorizadas.

Volver a casa y ducharte antes de abrazar a tus hijos. Las trabajadoras sociales también lo hacíamos…

Continuabamos al pie del cañón acudiendo a casas a intentar ayudar en todo tipo de cuestiones. Había miedo, mucho miedo. Solo recuerdo el miedo y las calles vacias. El terror nocturno a que sonara el teléfono en cualquier momento…

Pero recuerdo también las cosquillas, la guerra de almohadas, los dibujos infantiles; a mi marido haciendo pan y a mis hijos detrás de mí para abrazarme.

La vida nos regaló un tiempo único. Nosotros fuimos afortunados. Y aprovechamos la oportunidad de disfrutar el tiempo juntos.

Como dice Rozalen en su canción “Aves Enjauladas“, yo sí recordé que en “este remanso, también se ve la vida pasar” y quise atrapar el tiempo y aferrarme a la vida… y entonces me dí cuenta de algo que había parecido olvidar: somos vulnerables. Siempre lo fuimos; pero ahora ya nunca podríamos olvidarlo.

La pandemia nos ha arrebatado a la generación que construyó este país y esta sociedad que nosotros hemos disfrutado. Hombres y mujeres que vivieron una Guerra y una postguerra, sufrieron una dictadura y conocieron entre miedo y esperanza una joven democracia. Pero se han ido en silencio y en la mayoría de los casos, solas y solos.

En medio de la pandemia, uno de los abuelos que visitaba me decía “Nosotros ya hemos vivido mucho. Que nos vayamos nosotros, pero que a vosotros jóvenes no os toque”… A las pocas semanas murió.

En la profesión también hemos tenido que decir adiós a compañeras y compañeros.

Al igual que los años nos traerán respuestas sobre la enfermedad; la pandemia también nos ha puesto a prueba a las trabajadoras sociales obligándonos a reiventar nuestras formas de intervención social. Con reticencias, hemos tenido que adaptar nuestra profesión a la teleatención y el teletrabajo. Luchar porque se imponga la distancia física, pero nunca la distancia social…

Es inevitable tener ganas de llorar cada vez que miro a los ojos a una persona mayor, pero no puedo ni tan siquiera cogerla de la mano para calmar el miedo en sus ojos.

Está siendo un año dificil, pero no quiero escribir una entrada en negativo y llena de tristeza. Hay que reconocer también las lecciones positivas y los grandes momentos que hemos vivido en este 2020.

Para recargar fuerzas y reconocer el esfuerzo de la profesión durante los primeros meses de pandemia, el Consejo General del Trabajo Social organizó por todo lo alto via online un acto de reconocimiento a trabajadores sociales. He de reconocer y agradecerlo. A esas alturas, estábamos agotadas y muy tocadas.

Han sido numerosos reconocimientos que el Trabajo Social ha tenido en los últimos meses. Y a nadie le amarga un dulce. Pero hemos de aplaudir sin duda el reconocimiento como profesión esencial en el BOE en Marzo y la modificación de la Ley 44/2003 (LOPS), que incluía al Trabajo Social Sanitario.

La aprobación del Ingreso Mínimo Vital tendría que ser un hito en positivo dentro de este terrible año. Si bien, meses después de su aprobación sigue generando más desesperanza y desesperación que otra cosa. Miles de familias continúan a la espera de resolución, otras tantas han visto como se les denegaba sin encontrar explicación. Servicios Sociales saturados mientras que oficinas de la Seguridad Social continúan sin dar respuesta ni atender.

La solución parece simple. Hace falta dinero. No podemos permitir más “colas del hambre”. No podemos continuar fomentando el modelo de Caridad a través de los bancos de alimentos y servicios sociales desdotados, sin herramientas, ni prestaciones ni personal suficiente.

La vacuna social contra el covid se llama: inversión pública.

Debate abierto en la profesión. Insisto en mi opinión. Las profesionales del Trabajo Social tenemos mucho que reflexionar sobre nuestra forma de trabajar… Pero mientras que aquí no se invierta más dinero, poco podemos cambiar. Somos nosotras mismas las que volcamos nuestras frustraciones sobre nuestra intervención. Pero mientras hacemos eso; se continúa eludiendo la responsabilidad de los poderes públicos de dotar de forma suficiente y adecuada los sistemas de protección para que se pueda atender la crisis social y evitar las bolsas de desigualdad.

Diciembre…

En los pueblos seguimos mirando de reojo al virus. Lo dije ya en Marzo. Si entra el Covid aquí, cerramos pueblos para siempre. Hemos perdido muchas vecinas y vecinos. Si bien, el 2020 también nos ha traído el teletrabajo como segunda oportunidad para el entorno rural.

Reconocer el trabajo de los ayuntamientos por reinventarse ante la pandemia abriendo espacios de coworking en pueblos de menos de 200 habitantes. Esa es la visión de futuro que necesitamos por aquí.

Acabamos el año con más de 50.000 personas fallecidas, familias con graves dificultades sociales y economicas, una ola pandémica que ha colpasado no solo el sistema sanitario, sino también el sistema de protección social.

Acabamos el año con esperanza, la vacuna está aquí. Tenemos esperanza en que esta puerta evite que sigamos perdiendo más vecinos por el camino.

Queda pandemia para rato, lo sé. Quedan meses complicados. Sin suficientes recursos, muchas necesidades, mucho miedo… pero queda vida y salud para seguir trabajando y salir de esta. Porque saldremos. Y en nuestra mano está no volver a abandonar en el olvido a aquellas y aquellos que se quedaron a medio camino.

Trabajar contra la desmemoria será uno de los grandes retos del próximo año.

Ha sido un año duro, muy duro. Pero ha sido un año donde aprendimos que somos vulnerables.

El año que las trabajadoras sociales aprendimos a multiplicar los panes y los peces, y que aprendimos el verdadero significado de trabajar en equipo y en Red. El año que la solidaridad mostró su mejor rostro y todas en general aprendimos a iniciar las conversaciones con un “hola, qué tal estás, la familia bien? “.

Aprendimos que cada día es un regalo. Y que la verdadera riqueza es la libertad.

También que los grandes momentos son los cafés en torno a una mesa rodeados de amigos y familiares. Las risas sin prisa. Los besos…

Este 2020 nos ha hecho valorar lo importante que son los abrazos, y la habilidad de saber sonreír con los ojos.

No olvidemos la lección. Somos vulnerables. Todas y todos.

Que el 2021 nos traiga esperanza, solidaridad, salud, igualdad y justicia social.

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Y los pueblos están abarrotaos de veraneantes

Lo de la España vaciada en tiempos de coronavirus resulta más que curioso.

Territorios en los que apenas el virus hizo acto de presencia en su primera ola (difícil se lo pusimos cuando teníamos pueblos en los que apenas nos quedaban cuatro abuelos); se ven ahora abarrotaos de veraneantes que llegan de todas partes de España buscando un entorno tranquilo y rural donde al menos poder mojarse los pies en un río.

La difícil situación económica, el miedo a confinamientos en hoteles, las propias restricciones en playas y la incertidumbre ante la situación de las mismas, ha ocasionado que un gran número de familias se lancen a las vacaciones de interior.

Si es normal por aquí ver cómo en el mes de Agosto los pueblos se repueblan llegando incluso a doblar la población habitual; este año la Covid 19 nos ha traído cientos de visitantes que pensaron que aquí podrían veranear con tranquilidad e incluso uir de algunas de las restricciones que les perseguían en las grandes ciudades.

Mientras que ediles y paisanos mostraban su desconfianza y temor porque los recién llegados trajeran algo más que maletas; con esperanza veían llegar coches los hosteleros y comerciantes de nuestros municipios. Quizás pudieran revertir la tendencia de los últimos años en los que se había vuelto a perder la costumbre de hacer turisteo en el pueblo, o incluso la de mandar a los chiquillos de vacaciones con los abuelos.

Semanas después, no sabría decir si el balance es tan positivo.

Si no fuera porque no tiene maldita gracia el tema; podría resultar hasta cómica la noticia aparecida en los últimos días entre los medios nacionales y regionales.

“El pueblo de España en el que hay más casos de Covid19 que habitantes”.

Y así de triste es la noticia y la realidad de nuestros pueblos.

Quizás quienes pensaron en venir no tuvieron en cuenta que aquí hay municipios que estamos a punto de cerrar por escasez de paisanos. Un brote y echamos el candado.

Y mira que yo soy la tipica que se pasa el mes de julio preguntando: “qué? Cómo vamos? Mucho movimiento? “.

Porque la vida en el pueblo en verano es más vida. Mis abuelitos reviven. Por unos meses se olvidan de todos sus males y de su soledad. Se centran en llenar la casa de comidas para sus hijos y nietas, y más de una parece que rejuveneciera.

Necesitamos que se mueva el comercio y la hostelería. Aquí los inviernos son muy duros.

Y por todo ello, merece la pena sufrir a los veraneantes. Sus interminables demandas. Sus tiempos. Sus preocupaciones… Son sus vacaciones y la trabajadora social y la secretaria del Ayuntamiento les tienen que resolver las cuestiones de las que no tienen tiempo de ocuparse el resto del año.

Sufrimos a los veraneantes andantes por carreteras y caminos.

“Chica!, por qué vas a 80 por una carretera de 90?. Acaso no ves que está medio Madrid de paseo mañanero. “

“No me fastidies; que han venido al pueblo a descansar y hacer ejercicio. Y tú como una loca por la carretera pitando para que se mantengan en el arcén.”

Pero todo eso… Merece la pena soportarlo porque el pueblo reviva. Las abuelas aguanten un poco más en casa y los chiquillos puedan disfrutar de una infancia como sólo se vive en el pueblo.

Pero este año es diferente. A pesar de la necesidad económica y las dificultades sociales que están surgiendo; preferiría que se hubieran ido a la playa.

No tiene mucho sentido. Playas vacías y pueblos hasta la bandera. Los Ayuntamientos han actuado con responsabilidad anulando sus fiestas patronales y cerrando las piscinas municipales, por miedo a los brotes. En los servicios municipales hemos continuado trabajando con toda precaución tal y como se ha de hacer si te encuentras en medio de una pandemia.

Pero es salir de la puerta del centro y pensar que algo no cuadra. Bares, terrazas, calles, tiendas, ríos, los bancos de la plaza… Todo está lleno. Los veraneantes colapsan el pueblo hayá donde vayas.

Diré que en algunos municipios se ven los coches pero no se les ve fuera de casa. En otros simplemente da miedo. Mucha gente siguiendo las medidas de precaución, pero muchos otros pasando olímpicamente de todo. A veces tengo la impresión que hay quien piensa que aquí seguimos poniéndonos la boina a rosca, porque actúan como si en el pueblo no hubiera normas. Y ahora deben de creer también que tenemos un escudo transparente contra las pandemias… Dan ganas de cerrar el chiringuito e irte a la playa. No debe quedar nadie por allí.

Así que acabamos agosto con brotes en nuestros pueblos. Insisto que la diferencia es que hablamos de pueblos que en ocasiones no superan los 50 habitantes.

Acabamos Agosto con pueblos confinados. Con la sombra de un Septiembre en el que puedan volver a sonar las campanas de la iglesia una, dos, tres veces… Quién habrá muerto ahora?

Porque aquí sí ponemos nombre a cada caso, a cada muerte. Aquí seguimos en mitad de una pandemia, aunque para algunos este haya sido un verano más.