covid19, servicios sociales, Trabajo Social

Y los pueblos están abarrotaos de veraneantes

Lo de la España vaciada en tiempos de coronavirus resulta más que curioso.

Territorios en los que apenas el virus hizo acto de presencia en su primera ola (difícil se lo pusimos cuando teníamos pueblos en los que apenas nos quedaban cuatro abuelos); se ven ahora abarrotaos de veraneantes que llegan de todas partes de España buscando un entorno tranquilo y rural donde al menos poder mojarse los pies en un río.

La difícil situación económica, el miedo a confinamientos en hoteles, las propias restricciones en playas y la incertidumbre ante la situación de las mismas, ha ocasionado que un gran número de familias se lancen a las vacaciones de interior.

Si es normal por aquí ver cómo en el mes de Agosto los pueblos se repueblan llegando incluso a doblar la población habitual; este año la Covid 19 nos ha traído cientos de visitantes que pensaron que aquí podrían veranear con tranquilidad e incluso uir de algunas de las restricciones que les perseguían en las grandes ciudades.

Mientras que ediles y paisanos mostraban su desconfianza y temor porque los recién llegados trajeran algo más que maletas; con esperanza veían llegar coches los hosteleros y comerciantes de nuestros municipios. Quizás pudieran revertir la tendencia de los últimos años en los que se había vuelto a perder la costumbre de hacer turisteo en el pueblo, o incluso la de mandar a los chiquillos de vacaciones con los abuelos.

Semanas después, no sabría decir si el balance es tan positivo.

Si no fuera porque no tiene maldita gracia el tema; podría resultar hasta cómica la noticia aparecida en los últimos días entre los medios nacionales y regionales.

“El pueblo de España en el que hay más casos de Covid19 que habitantes”.

Y así de triste es la noticia y la realidad de nuestros pueblos.

Quizás quienes pensaron en venir no tuvieron en cuenta que aquí hay municipios que estamos a punto de cerrar por escasez de paisanos. Un brote y echamos el candado.

Y mira que yo soy la tipica que se pasa el mes de julio preguntando: “qué? Cómo vamos? Mucho movimiento? “.

Porque la vida en el pueblo en verano es más vida. Mis abuelitos reviven. Por unos meses se olvidan de todos sus males y de su soledad. Se centran en llenar la casa de comidas para sus hijos y nietas, y más de una parece que rejuveneciera.

Necesitamos que se mueva el comercio y la hostelería. Aquí los inviernos son muy duros.

Y por todo ello, merece la pena sufrir a los veraneantes. Sus interminables demandas. Sus tiempos. Sus preocupaciones… Son sus vacaciones y la trabajadora social y la secretaria del Ayuntamiento les tienen que resolver las cuestiones de las que no tienen tiempo de ocuparse el resto del año.

Sufrimos a los veraneantes andantes por carreteras y caminos.

“Chica!, por qué vas a 80 por una carretera de 90?. Acaso no ves que está medio Madrid de paseo mañanero. “

“No me fastidies; que han venido al pueblo a descansar y hacer ejercicio. Y tú como una loca por la carretera pitando para que se mantengan en el arcén.”

Pero todo eso… Merece la pena soportarlo porque el pueblo reviva. Las abuelas aguanten un poco más en casa y los chiquillos puedan disfrutar de una infancia como sólo se vive en el pueblo.

Pero este año es diferente. A pesar de la necesidad económica y las dificultades sociales que están surgiendo; preferiría que se hubieran ido a la playa.

No tiene mucho sentido. Playas vacías y pueblos hasta la bandera. Los Ayuntamientos han actuado con responsabilidad anulando sus fiestas patronales y cerrando las piscinas municipales, por miedo a los brotes. En los servicios municipales hemos continuado trabajando con toda precaución tal y como se ha de hacer si te encuentras en medio de una pandemia.

Pero es salir de la puerta del centro y pensar que algo no cuadra. Bares, terrazas, calles, tiendas, ríos, los bancos de la plaza… Todo está lleno. Los veraneantes colapsan el pueblo hayá donde vayas.

Diré que en algunos municipios se ven los coches pero no se les ve fuera de casa. En otros simplemente da miedo. Mucha gente siguiendo las medidas de precaución, pero muchos otros pasando olímpicamente de todo. A veces tengo la impresión que hay quien piensa que aquí seguimos poniéndonos la boina a rosca, porque actúan como si en el pueblo no hubiera normas. Y ahora deben de creer también que tenemos un escudo transparente contra las pandemias… Dan ganas de cerrar el chiringuito e irte a la playa. No debe quedar nadie por allí.

Así que acabamos agosto con brotes en nuestros pueblos. Insisto que la diferencia es que hablamos de pueblos que en ocasiones no superan los 50 habitantes.

Acabamos Agosto con pueblos confinados. Con la sombra de un Septiembre en el que puedan volver a sonar las campanas de la iglesia una, dos, tres veces… Quién habrá muerto ahora?

Porque aquí sí ponemos nombre a cada caso, a cada muerte. Aquí seguimos en mitad de una pandemia, aunque para algunos este haya sido un verano más.

Trabajo Social

De Tucanes y Trabajadoras Sociales de lo rural

Con permiso del autor, me tomo la confianza de titular esta entrada personalizando el título de su primer libro “De Gallegos, Tucanes y Trabajadores Sociales“.

Ahora que el compañero Alejandro R. Robledillo acaba de publicar su primera novela “Madrid 2043” (digo la primera porque me da en la nariz que no será la última), y la tengo calentita en la mesita a punto de empezar a devorarla; me apetecía compartir mis impresiones sobre su primer libro que tanto me emocionó y, que me atrevería a decir, abrió una puerta a una nueva literatura del Trabajo Social en nuestro país.

Sirva a su vez esta entrada para abrir un nuevo espacio en mi web de recomendaciones de libros “sobre y para” el Trabajo Social como medio de difusión, no solo técnica sino también literaria, con el objetivo de visibilizar nuestra bonita profesión. (https://trabajadorasocialdepueblo.com/libros-y-lecturas-recomendadas/)

“Continuamente tengo que oír en conversaciones “trabajo social o trabajos sociales” como eso: trabajos en beneficio de la comunidad, e incluso me han preguntado cómo llevo eso de limpiar el culo a los viejos, porque la gente piensa que soy auxiliar de ayuda a domicilio, pero la verdad es que ya no me molesta. Poca gente sabe lo que es un Trabajador Social, y esa es la verdad. pero ¿para qué negarlo? también eso nos puede beneficiar en ciertas circunstancias y esa es la mejor habilidad que puede tener un trabajador social, saber usar a su favor el entorno en el que va a desenvolverse.” (“De Gallegos, Tucanes y Trabajadores Sociales, 2015:27).

Este libro guarda este y muchos otros textos y descripciones de nuestra profesión desde un entorno cercano y simplificado. De ahí el valor del mismo, al no estar escrito sólo para el gremio profesional, sino para el público en general.

Pero si he de hacer un reconocimiento a este libro, es sin duda a la capacidad del autor para engancharnos a la lectura y conseguir que lo devoremos desde la primera página. Quien se atreva a abrir un libro del compañero Robledillo, se emocionará y sorprenderá con los giros en las historias, avanzando de lo profesional, a lo personal y a lo cotidiano; y todo hilado con un magnifico sentido del humor. Porque si hemos de reconocer una potencialidad a exprimir entre el gremio y que bien nos puede ayudar a sobrevivir en el día a día; es la de aprender a tomarnos la vida con un puntillo de ironía, sarcasmo y buen humor

Pude leerlo tras la publicación y recuperarlo hace unos meses. He de reconocer que antes y ahora, mi marido asistió a la lectura interrumpiéndome en varias ocasiones para preguntarme “¿pero qué estas leyendo?”. Y es que libro en mano; tan pronto estaba riendo a carcajadas como llorando a moco tendido.

A lo largo de los años como trabajadora social en el entorno rural, son innumerables las anecdotas vividas. Son incontables las reuniones, o más bien diría; las post-reuniones (botellines/café en mano) con compañeras del gremio, en las que disfrutabamos comentando los momentos más divertidos y cómicos de nuestro día a día.

El inicio de todas nosotras acostumbraba a ser cómico. Un par de días de locura; desde que sonaba el teléfono para ofrecerte una plaza en una zona de la que (por lo general) no habías escuchado hablar en tu vida; revisar los kilómetros desde casa y entre pueblos, la lista de pros y contras, la búsqueda de recomendaciones sobre la plaza entre conocidas; para acabar firmando una mañana el contrato donde ponía que eras la nueva asistenta social de tal zona (sí, sí, os lo juro que en mi primer nombramiento como interina allá en 2006 ponía “asistenta social”). Y con la firma del contrato, alguien te hacía entrega de un maletín con tu nuevo ordenador. las llaves del coche oficial y un horario repleto de pueblos y teléfonos. Y ale; ¡a trabajar!

Y allá cada una con su historia. Lo general entre las experiencias, era esa imagen de una joven trabajadora social con toda la ilusión del mundo, horario en mano y pueblo por pueblo cual repartidor de butano repitiendo la misma presentación: “que soy la nueva trabajadora social”. ” Que sí, la nueva”. “No, la de la seguridad social, no. La nueva Trabajadora social”… “Que sí. Que eso. ¡Que soy la nueva asistenta social! “.

En tiempos de Covid se echan de menos esas “post-reuniones” por llamarlas de algún modo. Son cientos de anécdotas de todo tipo que he recogido a lo largo de estos años, propias e impropias. Y generalmente en esas charletas yo acostumbraba a sentenciar: “¡si es que algún día tendremos que escribir un libro! “

Y quizás por eso me encantó que cayera en mis manos el libro de Alejandro R. Robledillo.

A cada frase, pensaba que yo misma podría haber escrito cualquiera de aquellas anécdotas. A pesar de la distancia kilométrica que nos separa, no se me hace tan dispar su entorno de trabajo en Galicia del mío en Castilla-La Mancha.

Un ámbito rural, despoblado de personas pero lleno de vida y potencial. Con su propio idioma hasta me atrevería a decir; donde en ocasiones los paisanos del lugar se divierten en gastar más de una broma a los que allí aterrizamos como si de otro planeta viniéramos y que tan descolocados se nos ve. Quien no trabaja en entorno rural realmente no sabe la riqueza que se pierde. Aquí el estrés lo compesamos con un buen almuerzo entre pueblo y pueblo con vistas a la naturaleza pura. El aire que se respira. El ritmo. El saborear el café recién hecho en casa de la Úrsula, el Cándido o la Aurora…

La falta de medios y de recursos son el aspecto negativo, sin duda. Pero el trabajo en red estoy convencida que lo inventó una antigua “asistenta social de pueblos”. Aquí las cosas salen porque servicios sociales, salud, educación, el alcalde, hasta el cura y la vecina de la calle de arriba, lo dan todo para resolver las situaciones más complicadas.

Por ello, agradezco a Alejandro este libro. Se necesitaba. Para que desde su propia historia otras nos sintieramos tan reconocidas, y pudieramos respirar profundo la belleza de nuestro trabajo (no solo la dureza que acostumbramos a respirar).