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Las pérdidas

Se acaba una semana que ha estado marcada por las despedidas…

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Oir repicar las campanas de la Iglesia genera el acto reflejo de girar la cabeza (como si fueras a escucharlo mejor) para adivinar si se trata del repicar de las doce o están “tocando a muerto”.

En el último año, el repique de muerto venía acompañado de un revolvimiento de cuerpo y una preocupación añadida a trasladar hacia el paisano que pasara por allí: “pero ha sido cóvid? “

Trabajando en la zona rural donde en gran parte de los pueblos la media de edad supera los 80 años, cabría esperar que una viviera las despedidas con naturalidad como parte del proceso vital.

Yo no sé si es el agua de la Sierra, pero aquí he llegado a conocer a varios centenarios llegando incluso hasta los 109 años en pleno uso de sus facultades.

Pero siempre las pérdidas son pérdidas. Una no se acostumbra.

Cuento siempre que para mí la dureza de este trabajo a veces consiste en no poder sufrirla como corresponde. En ocasiones simplemente te suena el teléfono y alguien, incluso lejano a la persona, te lo comunica. Y tú, mecánicamente te pones a hacer el papeleo y a dar de baja los servicios que tuviera en marcha.

Pero tarde o temprano llega el momento en el que te montas en el coche y te quedas sola. Quince años después, nada ha cambiado.

Es cuando me monto en el coche cuando me vengo abajo. Y lloro. Lloro por aquellas personas que se cruzaron en mi camino. Que compartieron su proyecto vital llegando a ponerlo en mis manos. Compartieron preocupaciones, recuerdos, alegrías, experiencias. Fotos y recuerdos que llenan mi cabeza. Charlas no sólo de despacho. Rincones de una salita de estar que son parte ya de mi vida también.

Personas que me abrieron las puertas de su casa, que me enseñaron sus propios conocimientos y de las que aprendí sobre la vida. Historia de España viva que me ha enseñado mucho de otros tiempos que yo no viví. Migrantes que me trasladaron su experiencia vital lejos de su país.

Lo que no saben muchos familiares es la pena que siento de no haber estado allí. De no haber podido llorarles cerca de su tumba, invisible a todo el mundo, pero dándoles el último adiós.

Por eso, los 45 minutos de coche que me separan de mi casa; los lloro.

Es mi último homenaje. Mi último agradecimiento por tan buenos, y también algunos malos momentos compartidos. Por el aprendizaje vital que cada una de las personas que he atendido y despedido me ha dado.

Me parece básico no olvidar los vínculos que generamos con las personas a las que atendemos. No siempre son tan fuertes y que sea tan fuertes no siempre significa que son las personas a las que más hemos ayudado. Siempre pienso que son ellos los que me han ayudado a mí. A ser mejor, a hacer mejor.

Esta semana ha sido una semana de pérdidas. Por eso me he decidido a hablar de ello en alto, porque sé que necesito sacarlo y rendir de algún modo un homenaje a las personas que se marcharon en los últimos años.

De las pérdidas más dolorosas; están aquellas en las que te preguntas si pudiste hacer algo más. Se te parte el alma de dar vueltas a la cabeza preguntándote por qué no hiciste algo más.

La soledad es la gran pandemia de nuestra época, sin duda. En los próximos años tendremos que desarrollar todo nuestro potencial profesional para luchar contra ella.

Quien piense que en los pueblos no hay soledad se equivoca. Y mucho.

Las redes informarles de apoyo no siempre son más fuertes en los pueblos.

Hay personas que vienen de grandes ciudades y piensan que aquí, la gente ayuda a todo el mundo, que integrarse es sencillo y que no te vas a sentir en soledad…

Nada más lejos de la realidad…

Aquí también se vive y se muere en soledad.

Cuando doy de alta un servicio de ayuda a domicilio insisto en la importancia del acompañamiento. Siempre uso la misma frase: “Nadie se muere por una pelusa en el suelo, pero sí se muere de soledad”.

Quizás porque esta semana murió una de esas personas, me haya llegado el momento de hablar en alto de ello. Murió de soledad, aunque acompañado por fin.

Sé que pude hacer más contra su soledad y eso es lo que más me duele. Pero a la vez, es lo que más me empuja a seguir trabajando contra esta dichosa pandemia del siglo XXI.

Por suerte ya hay muchas profesionales que cada día trabajan por reducir la soledad en nuestro entorno.

Teresa Lamagrande, es una muestra de ello. Más de veinte años dedicada a acompañar y ayudar a las personas mayores de nuestra región que residen en las Viviendas de Mayores.

Siempre con una sonrisa y una carga de sentido común ante los conflictos y las dificultades cotidianas. “Cuando todo esto pase, también tendreis que hacernos terapia psicológica a las trabajadoras sociales” le dije en una de nuestras últimas conversaciones.

Teresa nos dejó esta semana…

Ha sido un golpe duro para todas aquellas que tuvimos la suerte de conocerla y trabajar a su lado.

Cada intervención conjunta era un aprendizaje. Una mujer fuerte que se recorría de punta a punta la región atendiendo cada necesidad que surgía en las viviendas de mayores; combatiendo la soledad y favoreciendo la integración y la comunicación entre residentes y trabajadoras. Y a pesar de que no paraba un minuto quieta, siempre tenía el hueco para dar una respuesta a quien le llamara.

Nos deja muy pronto. Pero seguro que su equipo continuará la gran labor que ella inició.

Dudo que algún día me acostumbre a las pérdidas, a las despedidas. Pero me quedo con el aprendizaje.

Como nos recordaba Benigni en su gran obra maestra:

“La vida a veces duele, a veces cansa, a veces hiere. No es perfecta, no es coherente, no es eterna; pero a pesar de todo… la vida es bella”.

Trabajo Social

LA VACUNA PA`CUANDO?

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Para los integrantes del gremio, bien es conocido que el 26 de Marzo de 2020 Servicios Sociales eran reconocidos servicios esenciales dentro del Estado de Alarma declarado tan solo unos días antes.

Profesionales y entidades representativas del Trabajo Social nos sentimos bien orgullosos de que por fin se nos valorase “esenciales”; aunque también surgieron los debates entre las propias profesionales sobre si se necesitaba dicha titulitis ministerial o debía ser un título reconocido por la propia ciudadanía y ganado con sudor y lágrimas.

Independientemente al debate; el reconocimiento supuso que allí estuviéramos las y los profesionales de Servicios Sociales en primera línea de fuego. Si bien, es cierto que no habíamos dejado de estarlo. Algunos entraron más en la batalla y otros quedaron en la retaguardia. Pero lo que nadie puede poner en duda, es que aquí se hizo todo lo posible por ayudar y acompañar a todas las personas que de la noche a la mañana pasaron a ser totalmente vulnerables o se aproximaron al borde del abismo.

Compañeras y compañeros que atendieron (y atendimos) todo tipo de situaciones. Que llegaron incluso a multiplicar panes y peces. Y que, en muchos casos, se encontraron desarmadas ante el abismo.

Aquí hubo miedo, falta de instrucciones, sobreinformación, soledad, pánico, risas, llantos, desesperación, lejía, carreras de una lado a otro, solidaridad y mucho, mucho compañerismo.

Hablo en primera persona. Pero también en segunda y tercera. Sin excepción; intentamos dar lo mejor de nosotras mismas. En ocasiones teletrabajando sin horario de salida, con los niños alrededor demandando su propia atención, con mucho estrés, ansiedad y preocupación; y gestionando nuestras propias crisis junto a las de cientos de familias con las que contactabamos y veíamos a diario.

No voy a remitirme a los artículos en los que ya se ha hablado de la sobrecarga emocional y laboral entre trabajadoras sociales y profesionales del Sistema de Servicios Sociales.

Tan solo trasladar al papel, el resonar pegadizo de una cancioncilla que lleva en mi cabeza varios días: “la vacuna pa`cuando?!”.

Porque en las últimas semanas no dejo de escuchar estrategias de vacunación, sectores profesionales esenciales que se incluyen en las estrategias, discusiones sobre quién es de primera o segunda línea; veo fotos en redes sociales con pulgar para arriba y vacuna en brazo… y los Servicios Sociales (esenciales) en Castilla-La Mancha aquí seguimos; sin fecha probable de vacunación.

Seguimos protegiéndonos (para proteger) y metiéndonos en domicilios. Los centros sociales abiertos, atendiendo todo tipo de situaciones, intentando resolver cuestiones que ya nadie sabe resolver, gestionando incluso la ansiedad de auxiliares de ayuda a domicilio que ni saben cuándo van a ser vacunadas… Como para preguntar por nuestras propias vacunas…

En Diciembre de 2020 en Castilla-La Mancha se entregaban los Premios a la Iniciativa Social en la región. Servicios Sociales y Auxiliares del Servicio de Ayuda a Domicilio eramos reconocidas en dichos premios.

Un acto muy bonito. Un reconocimiento merecido.

Han pasado los meses y nadie habla de nosotras. Nadie se acuerda de que seguimos aquí, atendiendo a los excluidos de los excluidos. A las personas más vulnerables. Que seguimos siendo esenciales.

Que sin esas auxiliares de ayuda a domicilio que todos los días se meten en los domicilios de las personas en situación de dependencia; muchas de ellas y ellos no continuarían residiendo en sus domicilios. Que si estas profesionales no hubieran continuado trabajando desde el primer día en primera línea; no podemos ni imaginarnos qué hubiera sido de estas personas.

Pero aquí sigo hoy, al pie del cañón junto a mis compañeras de servicios sociales y las auxiliares de ayuda a domicilio que trabajan en mis pueblos…

Y cuando alguna de ellas me pregunta sobre el tema, solo me sale una respuesta sonora y pegadiza: “la vacuna pa’cuando?”

Trabajo Social

De Tucanes y Trabajadoras Sociales de lo rural

Con permiso del autor, me tomo la confianza de titular esta entrada personalizando el título de su primer libro “De Gallegos, Tucanes y Trabajadores Sociales“.

Ahora que el compañero Alejandro R. Robledillo acaba de publicar su primera novela “Madrid 2043” (digo la primera porque me da en la nariz que no será la última), y la tengo calentita en la mesita a punto de empezar a devorarla; me apetecía compartir mis impresiones sobre su primer libro que tanto me emocionó y, que me atrevería a decir, abrió una puerta a una nueva literatura del Trabajo Social en nuestro país.

Sirva a su vez esta entrada para abrir un nuevo espacio en mi web de recomendaciones de libros “sobre y para” el Trabajo Social como medio de difusión, no solo técnica sino también literaria, con el objetivo de visibilizar nuestra bonita profesión. (https://trabajadorasocialdepueblo.com/libros-y-lecturas-recomendadas/)

“Continuamente tengo que oír en conversaciones “trabajo social o trabajos sociales” como eso: trabajos en beneficio de la comunidad, e incluso me han preguntado cómo llevo eso de limpiar el culo a los viejos, porque la gente piensa que soy auxiliar de ayuda a domicilio, pero la verdad es que ya no me molesta. Poca gente sabe lo que es un Trabajador Social, y esa es la verdad. pero ¿para qué negarlo? también eso nos puede beneficiar en ciertas circunstancias y esa es la mejor habilidad que puede tener un trabajador social, saber usar a su favor el entorno en el que va a desenvolverse.” (“De Gallegos, Tucanes y Trabajadores Sociales, 2015:27).

Este libro guarda este y muchos otros textos y descripciones de nuestra profesión desde un entorno cercano y simplificado. De ahí el valor del mismo, al no estar escrito sólo para el gremio profesional, sino para el público en general.

Pero si he de hacer un reconocimiento a este libro, es sin duda a la capacidad del autor para engancharnos a la lectura y conseguir que lo devoremos desde la primera página. Quien se atreva a abrir un libro del compañero Robledillo, se emocionará y sorprenderá con los giros en las historias, avanzando de lo profesional, a lo personal y a lo cotidiano; y todo hilado con un magnifico sentido del humor. Porque si hemos de reconocer una potencialidad a exprimir entre el gremio y que bien nos puede ayudar a sobrevivir en el día a día; es la de aprender a tomarnos la vida con un puntillo de ironía, sarcasmo y buen humor

Pude leerlo tras la publicación y recuperarlo hace unos meses. He de reconocer que antes y ahora, mi marido asistió a la lectura interrumpiéndome en varias ocasiones para preguntarme “¿pero qué estas leyendo?”. Y es que libro en mano; tan pronto estaba riendo a carcajadas como llorando a moco tendido.

A lo largo de los años como trabajadora social en el entorno rural, son innumerables las anecdotas vividas. Son incontables las reuniones, o más bien diría; las post-reuniones (botellines/café en mano) con compañeras del gremio, en las que disfrutabamos comentando los momentos más divertidos y cómicos de nuestro día a día.

El inicio de todas nosotras acostumbraba a ser cómico. Un par de días de locura; desde que sonaba el teléfono para ofrecerte una plaza en una zona de la que (por lo general) no habías escuchado hablar en tu vida; revisar los kilómetros desde casa y entre pueblos, la lista de pros y contras, la búsqueda de recomendaciones sobre la plaza entre conocidas; para acabar firmando una mañana el contrato donde ponía que eras la nueva asistenta social de tal zona (sí, sí, os lo juro que en mi primer nombramiento como interina allá en 2006 ponía “asistenta social”). Y con la firma del contrato, alguien te hacía entrega de un maletín con tu nuevo ordenador. las llaves del coche oficial y un horario repleto de pueblos y teléfonos. Y ale; ¡a trabajar!

Y allá cada una con su historia. Lo general entre las experiencias, era esa imagen de una joven trabajadora social con toda la ilusión del mundo, horario en mano y pueblo por pueblo cual repartidor de butano repitiendo la misma presentación: “que soy la nueva trabajadora social”. ” Que sí, la nueva”. “No, la de la seguridad social, no. La nueva Trabajadora social”… “Que sí. Que eso. ¡Que soy la nueva asistenta social! “.

En tiempos de Covid se echan de menos esas “post-reuniones” por llamarlas de algún modo. Son cientos de anécdotas de todo tipo que he recogido a lo largo de estos años, propias e impropias. Y generalmente en esas charletas yo acostumbraba a sentenciar: “¡si es que algún día tendremos que escribir un libro! “

Y quizás por eso me encantó que cayera en mis manos el libro de Alejandro R. Robledillo.

A cada frase, pensaba que yo misma podría haber escrito cualquiera de aquellas anécdotas. A pesar de la distancia kilométrica que nos separa, no se me hace tan dispar su entorno de trabajo en Galicia del mío en Castilla-La Mancha.

Un ámbito rural, despoblado de personas pero lleno de vida y potencial. Con su propio idioma hasta me atrevería a decir; donde en ocasiones los paisanos del lugar se divierten en gastar más de una broma a los que allí aterrizamos como si de otro planeta viniéramos y que tan descolocados se nos ve. Quien no trabaja en entorno rural realmente no sabe la riqueza que se pierde. Aquí el estrés lo compesamos con un buen almuerzo entre pueblo y pueblo con vistas a la naturaleza pura. El aire que se respira. El ritmo. El saborear el café recién hecho en casa de la Úrsula, el Cándido o la Aurora…

La falta de medios y de recursos son el aspecto negativo, sin duda. Pero el trabajo en red estoy convencida que lo inventó una antigua “asistenta social de pueblos”. Aquí las cosas salen porque servicios sociales, salud, educación, el alcalde, hasta el cura y la vecina de la calle de arriba, lo dan todo para resolver las situaciones más complicadas.

Por ello, agradezco a Alejandro este libro. Se necesitaba. Para que desde su propia historia otras nos sintieramos tan reconocidas, y pudieramos respirar profundo la belleza de nuestro trabajo (no solo la dureza que acostumbramos a respirar).

autocuidado, servicios sociales, Trabajo Social

Un nuevo comienzo…

Después de más de 10 años de Trabajadora Social en pequeños pueblos del entorno rural de Castilla-La Mancha, me ánimo a iniciar esta experiencia con el objetivo de dar a conocer las ventajas y desventajas (que también las hay) del trabajo que desarrollo de forma privilegiada en este entorno tan particular y cercano a la población.

Pero para poder realizar este trabajo, considero que es fundamental el autocuidado de las y los profesionales por lo que dedicaré un apartado muy especial al mismo.

Confío que me acompañeis en esta nueva aventura.